viernes, 26 de febrero de 2010

Fabricando tierra

Alcé la vista y contemplé vacilante el fin de la escena,
Cayó descomunal el cuerpo para cerrar el teatro de su vida,
Los brazos, en esfuerzos imposibles, escaparon al aire el dolor.
Aparecieron, al taladrar la atmósfera en la ropa envolvente,
Figuras ingrávidas de la historia de su vida.


Distancia infinitesimal que se alargó eterna en el tiempo.
Un choque en silencio y sin réplica con la eternidad del concreto,
Agrietó mi fortaleza y afloró el dolor en mi vida al contemplar
El adiós que inició al perder la concentración de su mirada.


Hilos, rojos e incontenibles, explotaron sus sienes,
Un charco tibio e infranqueable empezó a custodiar su morada,
Desertó la energía de su cuerpo, de su conciencia, de su movimiento.
Empezó a germinar historia, alimentar vida, formar tierra.


En mí germinó su esencia,
Recuerdo de las caricias sobre la mujer que un día me dijo: amó.

Pobreza


Aceptar la pobreza como un hecho consumado constituye un modo de negar una realidad abrumadora y, en última instancia, de perpetuarla. Sin duda, la forma más despiadada de esta construcción colectiva se manifiesta en cada niño que se halla en situación de pobreza: nada desnuda de manera más flagrante la dimensión de la injusticia.

Pobreza y desarrollo infantil
Jorge Colombo

miércoles, 24 de febrero de 2010

En soledad

Luz de un día de invierno, en las puertas de Guadalajara.
En esa ocasión recorrí pueblos de Jalisco y Colima,
antes de llegar a la Feria del Libro.



En soledad volví a recorrer mi vida pasada,


Los acontecimientos de los días dolorosos y gloriosos,

Los días simples, que forman casi el todo de mi vida.

En la soledad disuelvo lo que soy y lo que pienso.

martes, 23 de febrero de 2010

Carta de William Ospina a Fernando Vallejo



Asistí por la prensa al previsible desfile de ingratos que se regocijaban con ello y que pretendían despedirte por la puerta de atrás, pero no sentí verdaderamente tristeza. Y no la sentí porque para mí tú no dejarás nunca de ser colombiano.

Si la nacionalidad fuera, como piensan los burócratas y los estados, unos papeles, unos sellos, unas certificaciones de funcionarios, tal vez sería fácil renunciar a ella, pero en tu caso, afortunadamente, no lo veo posible. La patria está en los huesos de los muertos que amamos, en la luz que cae sobre unos guaduales, en unas piedras, en unas cañadas, en un bolero que suena en una cantina a medianoche, en el modo como se destiló nuestra sangre, en el modo como nos subieron la fiebre unos cuerpos perdidos, en una puerta, en una esquina, en un perro y un pájaro que se volvieron tierra antes que nosotros, en ciertos recuerdos irrenunciables, en ciertos sufrimientos irremediables, en el modo como se imprimió en nosotros la lengua natal, que es, como dice mi amigo Mario Flórez, “no la lengua en que uno aprendió a hablar, sino la lengua en que uno aprendió a callar”.

Tu condición de colombiano está demasiado impregnada en tu carne y tu sangre, no es solamente la manera de hablar y de escribir, esa remembranza de ciertas canciones, de ciertos lugares, ese amor desesperado por un mundo que solo te ha sido concedido bajo la especie melancólica de la nostalgia, sino en tu manera de ser. Hasta la decisión de renunciar a la nacionalidad, de impugnar a la mala patria por sus crueldades, sus torpezas, sus extravíos, sus crímenes, sus estulticias y sus mezquindades, todas esas cosas, aunque muchos lo nieguen, son colombianas.

Borges contaba que una vez, recorriendo los parques de Bogotá, le preguntó a su guía, un profesor de la Universidad de los Andes, de quién era una estatua de mármol que había ante ellos, y el profesor le contestó: “No sé, pero ha de ser de algún prócer; porque en este país hay muchos próceres y muy pocos héroes”.

Borges quedó sorprendido de ese espíritu crítico e irreverente de los colombianos, y afirmó que era muy difícil que un argentino, por ejemplo, fuera capaz de burlarse así de las solemnidades de su patria. Colombia tiene muchos defectos pero tiene algunas virtudes y una de ellas es su capacidad no solo de criticarse sino de odiarse a sí misma, de desgarrarse entre un amor inmenso y un odio infinito por su destino. A ti te ha tocado ser en nuestro tiempo la encarnación de esa alma escindida: no puedes ser colombiano, moralmente no puedes serlo, pero al mismo tiempo no puedes dejar de serlo, porque no hay nada en ti que sea de otra parte.

Incluso, yo diría que hay muchos escritores colombianos que son mucho menos colombianos que tú. Tú no tienes que esforzarte para lograr que el acento de tu tierra, la manera de organizar las palabras, el vocabulario, los giros verbales, sea para nosotros perfectamente reconocible, en tanto que no siempre la manera de hablar de los mexicanos, o de los argentinos, o de los españoles, te llega al alma. A veces hasta te parece que muchos mexicanos son como extraterrestres, y solo con algunos de ellos logras tener un entendimiento total. En cambio no hay colombiano, por rudimentario que sea, por salvaje, ay, que sea, que no esté conectado contigo a través del tejido del lenguaje, con una minuciosidad abrumadora.

Y tal vez de allí viene el dolor, porque cuando uno se identifica tanto con un mundo, con un país, con una provincia, con unos seres humanos, no puede dejar de percibir todo lo que hay en ellos de inexplicable y de atroz. No es que en México no haya crímenes, es que a ti no te duelen tanto, no te sientes tan comprometido por ellos, no te sientes tan obligado a reaccionar contra ellos, a censurarlos, a maldecirlos; no es que en México la Iglesia no sea también un aparato hábil en contubernios con el poder y en ignorancia supersticiosa y culpable ante dramas terribles de la época como la bomba demográfica o en indiferencia ante el sufrimiento de los animales; no es que los españoles no hayan encarnado un odio criminal durante los años de la guerra civil, no es que los alemanes no hayan sido capaces de matar en cinco años a muchos más seres humanos de los que los colombianos somos capaces de matar en un siglo.

Se trata de algo más perturbador y más conmovedor, se trata de que a ti te duelen más íntimamente el millón de colombianos que han muerto en un siglo en nuestros espantosos conflictos políticos, y a manos de delincuentes y mafiosos, que los cuatrocientos mil chinos que los japoneses mataron en una semana en el desembarco de Nankín, o que el millón de españoles que los españoles mataron en tres años, o que los diez millones de seres humanos que los alemanes mataron en cinco años, o que los cincuenta millones que la tecnología de guerra de las grandes potencias mató de un modo casi industrial en los seis años de la Segunda Guerra Mundial.

No puedes dejar de ser colombiano, Fernando, porque en el mejor de los sentidos posibles tú bien podrías ser el más colombiano de todos: defendiendo esta tierra contra los ladrones de tierras, sean guerrilleros o paramilitares o terratenientes, defendiendo la lengua contra la ignorancia y contra la torpeza, defendiendo la vida contra los asesinos, defendiendo la vehemencia y la pasión contra la estulticia y la conformidad, y la inteligencia contra el fanatismo, y el conocimiento contra la ignorancia. Creo que solo tú entre cuarenta millones de colombianos se ha tomado en serio ese lema de Libertad y Orden que hay en el escudo colombiano. Asumiste desde el comienzo el culto extremo de la libertad, hasta el punto de hacer pensar a muchos que eres anarquista, y el culto extremo del orden, que te lleva a censurar todas las confusiones y las incoherencias y las brutalidades de nuestra política y de nuestra vida social, haciéndoles pensar a otros que eres un ultraconservador.

Yo pienso que eres un hombre lleno de pasión y de lucidez, de originalidad y de elocuencia, indignado por la pasividad con que Colombia se deja matar, por la docilidad con que Colombia se deja robar, y por la estupidez con que Colombia se deja arrastrar por el discurso de sus verdugos. Pienso que no te prohíbes sentir y responder, con indignación y con furia, ni darle unas cuantas bofetadas a la patria postrada para ver si reacciona. Colombia hasta ahora ha sido esa madre sorda que no se deja conmover por los gritos de indignación de su hijo, que sigue impávida como si nada pasara, pero en el fondo lo que dices llega a donde debe llegar, y es mucha la gente que en Colombia, y en el mundo, te está escuchando.

Me alegra que no puedas dejar de ser colombiano, porque tu voz es una de las pocas cosas dignas que quedan todavía en Colombia. Pones a prueba nuestra capacidad de convivir con los que piensan distinto; nos recuerdas con ejemplos que la democracia consiste en que cada quien tenga derecho a decir absolutamente lo que quiera mientras sus opiniones sean expresadas con claridad, con firmeza, con convicción, y estén abiertas a la polémica, a la contradicción, a la refutación. Como es habitual, alguna gente prefiere la comodidad de acallar al trabajo de refutar, y vemos el espectáculo grotesco de un montón de personas que sienten el deber de indignarse por las cosas que dices, incluso cuando saben que son verdades, porque temen que esas verdades nos harán despreciables a los ojos del mundo, o que corren a acallar las exageraciones que a veces prodigas porque no tienen la paciencia de enfrentarlas y contrariarlas. En nuestro país es fácil que los mismos que nunca censuran el crimen, que nunca denuncian la corrupción y que nunca rechazan la crueldad palidezcan de indignación ante alguien que no recurre a la violencia y que se limita a utilizar el lenguaje como único instrumento.

Yo no voy a defender a Colombia de tus acusaciones. Harto procuro yo también criticar no solo las atrocidades y los crímenes, sino la pasividad y la estulticia de la comunidad que las padece y que se resigna a ellas de un modo indignante e indigno.

Pero sé que no es necesario decirte que otra Colombia que no trafica ni mata, que no manipula ni acalla, también existe, aunque es responsable, por no ser capaz de ponerle remedio, con grandeza y con espíritu solidario, a tantos y tan repugnantes males que padecemos. Necesitamos que sigas siendo la mala conciencia de Colombia, y para eso es obligatorio que sigas siendo colombiano. No en los papeles ni en los sellos de los notarios, sino colombiano en la nostalgia, en la indignación, en la elocuencia con que nos recuerdas que estamos vivos y que la injuria, el reproche y la cólera también son instrumentos del espíritu.

Quiero añadir algo, quizá menos para ti que para los colombianos que leerán esta carta. Recuerdo este comentario de Borges sobre el escritor norteamericano H. L. Mencken. “Suelo preguntar y preguntarme: ¿Sería concebible en este país un H. L. Mencken, un aclamado especialista en el arte de calumniar y de vituperar a su país? Me parece que no. El patriotismo, el pseudopatriotismo argentino es una pobre cosa despavorida que está a merced de un epigrama casual, de un puntapié montevideano o de un puño izquierdo de Dempsey. Una sonrisa, un inocente olvido, nos duelen. La popularidad de Mencken es obra de su denigración pertinaz de los Estados Unidos; un Mencken argentino –con éxito– es inimaginable”. Yo no digo que seas un Mencken colombiano. Digo que los Estados Unidos tuvieron en Mencken su Vallejo, parejamente agonista, gramático y teólogo, aunque no como tú teólogo sin dios y heresiarca. Es muy bueno que tanta gente te escuche y te respete en Colombia. Podría ser, a pesar de todas nuestras miserias, un símbolo de madurez, de mejoría psíquica. De modo que gracias otra vez por tu cólera saludable, y nunca olvides que mi casa te espera.

Necesitamos que sigas siendo la mala conciencia de Colombia, y para eso es obligatorio que sigas siendo colombiano.

William Ospina

domingo, 14 de febrero de 2010

Antes y después del descubrimiento



Como en una especie de esquizofrenia social, abrimos un gran abismo entre la población indígena actual y la prehispánica. Aplaudimos la figura abstracta del pasado y nos avergonzamos del presente. Exaltamos la memoria prehispánica como mestizaje, pero nuestro racismo se pone al descubierto frente al indio real. Celebramos el mundo prehispánico, pero discriminamos a los indios de carne y sangre.
Los pueblos indios de México
Carlos Montemayor

sábado, 13 de febrero de 2010

Endecha en Primavera



A la memoria del ilustre bachiller nicolaita

don Cuauhtémoc Méndez Estrada,

ese viejo cabrón, indecente y borracho.

A la memoria, también, de nuestra señora madre, doña Lolita.


¡Qué triste se pone Morelia en primavera!,

por a’i de finales de abril a principios de mayo,

cuando las jacarandas tumban sus tapetes morados en parques y banquetas

y una campana fúnebre rompe el silencio

con un galope de penas broncas desbocadas

en los llanos del alma…


¡Cómo gritan las cabronas canteras! ¡Cuánto ruido hacen!

Con que arreboles indecentes roban

a las mejillas rosas de las muchachas

la atención de transeúnte, ese trashumante del mundo,

ese nadie metido en el oficio de fabricarse una corona de ceniza,

tiznado de pañal a mortaja.


Por a’i, de madrugada, pasa un güey diciendo:

“¡Ay, mamacita! ¡Ay, mamacita! ¡Ay, mamacita!”

Y luego viene y se vomita aquí, allí en el cuarto, allá en el patio.


¡Qué pesadumbre!

¡Como vienen los dolores en banda!

¡Helos allí, blandiendo sus tranchetes!

¡Sábelos implacables!


No son tantos, verdad…

¡Pero qué crueles, qué dientes tan feroces,

qué fiera traza!

¡Carajo! ¡Y cómo hieren! ¡Cuánto chingados pesan!

¡Con qué razón les dicen los pesares!

Y luego, a golpes,

a mordidas, aunque así no te lleves,

aunque la cortes,

porque casado estás

y te vales de a cuartos con la muerte.


Cuánta desolación…

¿Dónde queda Morelia, la dichosa?

¡Con qué indecoro se comporta la vida ante este duelo!

¡Qué desvergüenza!

¡Sacar allí a su colibrí, pintar las flores!

¿No mira el luto?

¿No sabe de almas abiertas en canal a tajos de hacha,

a cortes de desdicha?


¡Triste… pero qué triste

se pone Morelia en primavera!

¡Cómo tuércele el cuello a la alegría!

¡Cómo tórtola despedaza sus cantos

y a aullar se pone, loba loca!


Y pese a quien le pese:

¡Sí, sí la quiero!

Pese a ese descaro de cabrona,

con ese escándalo de sus muchachas de cantera,

con esas risas locas

y el crepitar del viento de la pena…


El Sol, a plomo; diáfano el cielo;

luminosas, radiantes, las esquinas;

los templos y sus esbeltas torres, los conventos,

el Acueducto y hasta el Bosque Cuauhtémoc, resplandecientes.

Y toda esa gente allí, en la ínfima tarea

de lograr el mendrugo magro del día…

Y yo con estas ganas de gritarles a todos:

¡Griten! ¡Griten!

¿Por qué no gritan?


Y entre el ruido del tráfico

responde adentro, con un silencio torpe, atroz,

el único tañido de la campana fúnebre

en el momento que féretro y cortejo

traspasan el umbral del cementerio.

¡Eh! ¡Allí! ¡Volteen! ¡Miren allí!: ¡Allí está un ángel!

Lee… ¡No!: deletrea apenas

–analfabeta en la materia–

la solemne inscripción:

“¡Postraos: aquí la eternidad empieza

y es polvo aquí la mundanal grandeza!”

¡Eh, eh! ¡Deténganse! ¡Párense! ¡Engarrótenseme a’i!

¡Falta otra campanada! ¡Falta un repique! ¡Un repique de plano,

estruendo de badajos que calle este silencio!


¿Con quién voy a gladiar?

¡A ver! ¿Quién se propone

para estirar la lengua y retorcerla?


¡Con pesadumbre, así, con honda pena,

particípole al mundo

cómo se pone triste, Morelia, en primavera!


Ordena, triste poeta, reyezuelo sin súbditos,

que se calle el zenzontle,

que le baje de tono ese clavel a sus rubores,

que ese que pasa en las mañanas

diciendo “¡Ay, mamacita..!”

pase otra vez, y aquí en mi corazón vomite su alma.


Ramón Méndez Estrada

viernes, 5 de febrero de 2010

Agua


En ese día, el cielo tendió su cama azul,

Y entre las grietas de las gotas de aire,

Se ve el rubor de la media luna.

El sol ilumina, muestra, da camino a la desdicha,

Apenas ayer caída de su ingrávido cobijo.


Calles convertidas en espejos

Destellan figuras de hombres navegantes,

Remando caudales de infortunios

Se pierden en la esquina que dobla

Al dolor de descubrirse destruidos.


Pueblo mío















Pueblo mío,
cuando miro tu palpitar a paso lento y sin armonía,
arropado por salarios que en dosis de pobreza adormecen los sentidos;
echo la mirada atrás para asirla a la historia y no hundirme en el presente.

Pueblo mío,
cuando esculco las ciudades y son encuentros de miseria,
expresiones de coraje en tianguis y mercados,
invasión a espacios de probables caminantes;
alzo la mirada y un espectro vital llena urbes de migrantes.

Pueblo mío,
cuando oigo a tus labriegos, los campos son historias de barbarie,
vives mezclado entre peladas montañas o selvas asfixiadas,
arrinconado en la penuria dentro de la estrecha abundancia;
refresco la memoria y constato tu fuerza interminable.