
A la memoria del ilustre bachiller nicolaita
don Cuauhtémoc Méndez Estrada,
ese viejo cabrón, indecente y borracho.
A la memoria, también, de nuestra señora madre, doña Lolita.
¡Qué triste se pone Morelia en primavera!,
por a’i de finales de abril a principios de mayo,
cuando las jacarandas tumban sus tapetes morados en parques y banquetas
y una campana fúnebre rompe el silencio
con un galope de penas broncas desbocadas
en los llanos del alma…
¡Cómo gritan las cabronas canteras! ¡Cuánto ruido hacen!
Con que arreboles indecentes roban
a las mejillas rosas de las muchachas
la atención de transeúnte, ese trashumante del mundo,
ese nadie metido en el oficio de fabricarse una corona de ceniza,
tiznado de pañal a mortaja.
Por a’i, de madrugada, pasa un güey diciendo:
“¡Ay, mamacita! ¡Ay, mamacita! ¡Ay, mamacita!”
Y luego viene y se vomita aquí, allí en el cuarto, allá en el patio.
¡Qué pesadumbre!
¡Como vienen los dolores en banda!
¡Helos allí, blandiendo sus tranchetes!
¡Sábelos implacables!
No son tantos, verdad…
¡Pero qué crueles, qué dientes tan feroces,
qué fiera traza!
¡Carajo! ¡Y cómo hieren! ¡Cuánto chingados pesan!
¡Con qué razón les dicen los pesares!
Y luego, a golpes,
a mordidas, aunque así no te lleves,
aunque la cortes,
porque casado estás
y te vales de a cuartos con la muerte.
Cuánta desolación…
¿Dónde queda Morelia, la dichosa?
¡Con qué indecoro se comporta la vida ante este duelo!
¡Qué desvergüenza!
¡Sacar allí a su colibrí, pintar las flores!
¿No mira el luto?
¿No sabe de almas abiertas en canal a tajos de hacha,
a cortes de desdicha?
¡Triste… pero qué triste
se pone Morelia en primavera!
¡Cómo tuércele el cuello a la alegría!
¡Cómo tórtola despedaza sus cantos
y a aullar se pone, loba loca!
Y pese a quien le pese:
¡Sí, sí la quiero!
Pese a ese descaro de cabrona,
con ese escándalo de sus muchachas de cantera,
con esas risas locas
y el crepitar del viento de la pena…
El Sol, a plomo; diáfano el cielo;
luminosas, radiantes, las esquinas;
los templos y sus esbeltas torres, los conventos,
el Acueducto y hasta el Bosque Cuauhtémoc, resplandecientes.
Y toda esa gente allí, en la ínfima tarea
de lograr el mendrugo magro del día…
Y yo con estas ganas de gritarles a todos:
¡Griten! ¡Griten!
¿Por qué no gritan?
Y entre el ruido del tráfico
responde adentro, con un silencio torpe, atroz,
el único tañido de la campana fúnebre
en el momento que féretro y cortejo
traspasan el umbral del cementerio.
¡Eh! ¡Allí! ¡Volteen! ¡Miren allí!: ¡Allí está un ángel!
Lee… ¡No!: deletrea apenas
–analfabeta en la materia–
la solemne inscripción:
“¡Postraos: aquí la eternidad empieza
y es polvo aquí la mundanal grandeza!”
¡Eh, eh! ¡Deténganse! ¡Párense! ¡Engarrótenseme a’i!
¡Falta otra campanada! ¡Falta un repique! ¡Un repique de plano,
estruendo de badajos que calle este silencio!
¿Con quién voy a gladiar?
¡A ver! ¿Quién se propone
para estirar la lengua y retorcerla?
¡Con pesadumbre, así, con honda pena,
particípole al mundo
cómo se pone triste, Morelia, en primavera!
Ordena, triste poeta, reyezuelo sin súbditos,
que se calle el zenzontle,
que le baje de tono ese clavel a sus rubores,
que ese que pasa en las mañanas
diciendo “¡Ay, mamacita..!”
pase otra vez, y aquí en mi corazón vomite su alma.

Que maravilla!, Ramón Méndez es uno de los grandes, a mí en lo persona me gusta mucho su poesía, el tono, la vibra, la irreverencia. que padre que tengas ese libro, yo nunca lo he visto
ResponderEliminarsaludos!