miércoles, 27 de octubre de 2010

Naciste en mí


En una noche de mensajes tejidos hasta el amanecer,
Naciste en mí como gotas de rocío sobre un cactus en tu desierto
Dejando entrever tu silueta en un cristal líquido
En pulsares de palabras derrochaste apariencias.


Como poblador sin previsión para un huracán
Te encontré amplia de sonrisa en las puertas de tu ciudad,
Y sin cortejos intermedios vacié una tempestad de abrazos
En tu cuerpo con notas lejanas de vivaz adolecente.

Mis labios como olas al ataque en Playa Revolcadero,
Inundaron los tuyos, llanura en sequía infinita.
Fruta bañada en barro, caída al pie de tu tallo,
Cifraste con tu esencia mis caminos desolados.


martes, 27 de abril de 2010

Tu piel



Para gozar de la luna más grande que parió

el año 2009, fui a la Reserva de la Biosfera

Tehuacan-Cuicatlan, de montañas calizas tapizadas

por vegetación semidesértica, en medio de un mar

de la época de los dinosaurios, alrededor de las 8 de la noche

se fue pintando el horizonte con una intensidad

que le pelea al sol, empezó por destruir el brillo de las estrellas

 para aparcar su redondez en el firmamento

e iluminar la noche entera.



Allí supe que tu piel engalana el mismo color de esa

noche desbordada de  luna.



Tu piel

Transitaba con la mirada por el borde ladeado

de tu piel teñida en noche de luna grande,

en busca de una playa inundada de recuerdos

para mojar ausencias llenas de distancia.


Caí en el valle circundante de tu obligo,

allí me extendí en tu olor

y me unté de tu esencia,

para al amanecer diluirme y entrar en ti .

Vinagre y Rosas

Como no acordarme cuando empecé,
Primero a escuchar las canciones y luego a sentir el contenido.
Cruzaba con seguridad mis 22 años,
era una tarde que salía de la escuela,
en un camión de trasporte público,
con tres o cuatro pasajeros,
y abarrotado de sonidos de cuerdas y voces
de este fulano que me alertó en seco y me dijo
a dónde vas, aquí está tu lugar.
Así entraron, sin escalas a mis gustos de ruido
Y soledad.
Acepté y desde entonces me hago acompañar
En mis viajes, mis amores y desamores;
cuando soy luz 
y cuando soy oscuridad.
Están en mis mañanas de largos despertares,
O en mis noches de inquietos arrancones.
Están en mi cómoda embriaguez y
En mi tormentosa sobriedad.


Después de dos o tres canciones dijo:

Uno escribe siempre la misma canción
sobre un niño con cara de viejo
que se atreve a volar bajo el cielo marrón
que agoniza detrás del espejo.

Uno inventa siempre la misma canción
del poeta borracho y su musa
del teclado mellado del acordeón
del pecado mortal sin excusas.

Uno canta siempre la misma canción
otra noche en el bar de la esquina
cerca de la estación donde duerme un vagón
cuando el tiempo amenaza rutina.

Uno rumia siempre la misma canción
como un perro ladrando a la luna
con la misma trompeta y el mismo trombón de mariachi
que no hizo fortuna.

Uno acaba nunca la misma canción
con aromas de antiguos corridos
luego llega la hora de alzarse el telón
en mi México, lindo y querido.

“No tengo fans, sino cómplices. Alegre y cómplice chilangada, este no es un concierto más”



“Hay una luna llena en ese escote, una pupila fija en el capote de la excitación, hay un reloj que siempre da las cinco, hay una hormiga que anda dando brincos por mi pantalón”

“De ti depende y de mí que entre los dos siga siendo ayer noche, hoy por la mañana…”


No quiero que esta gire acabe. El público mexicano siempre me ha dado más de lo que soñé y merezco, sólo quiero darle mínimamente lo que ellos me han dado. El aroma, lo sabores, el olor de México se ha metido en mi vida y mis canciones. Para mí no hay dos conciertos distintos, México y Argentina los disfruto, cuando estoy en Buenos Aires tengo la sensación de que estoy poniéndole los cuernos a México DF y viceversa.


“Ya sé que tengo que sobrevivir, como si nunca hubiera compartido contigo la primavera y no prestarme más al juego cruel de tus labios, de tu risa, de tus ojos que me hipnotizan. Tendré que imaginar algún lugar donde esconderme con mi amiga la soledad, lejos de la tentación de tus labios, de tu risa, de tus ojos que me hipnotizan”
 
¿Quién dijo que hoy es múltiplo de antes,
y el ego un envidioso malcriado,
qué maldición separa a los amantes
que no se han olvidado,
quién podrá resolver la cuadratura
de esta regla de tres con calentura?




Virgen de la Amargura,
devuélveme la vida,
sin ti todo es usura
y noches perdidas
facturas,
calenturas,
heridas sin sutura,
caídas,
conjeturas,
sacudidas,
cerraduras
despedidas de locura y callejón.




jueves, 15 de abril de 2010

En ti

Era la tarde de un jueves, de esos jueves que anochecen a las 8:30, caminaba por el centro de la Ciudad de México, empezando en la avenida Juárez, Madero hasta salir al zócalo.


El viento tibio se llevaba los últimos fotones de color. Un rojo moribundo se asomaba en la pared y en un pórtico de descanso. Sentado en unas butacas que acariciaban la calle, me descubrí pensando en ti.

La fotografía la hice un viernes
de luna grande, invierno aun,
desde la Torre Latinoamericana,
hacia el noreste.
Fue una de esas tardes
que cuando salgo del trabajo
 me desbordo en el río de gente que
camina en el centro histórico.
Cómo me gusta el centro del Defecito!
su arquitectura, sus calles rectas,
sus lugares bohemios,
y sus ecos de lo que fue
el poderoso palpitar de Tenochtitlán.


En ti

Tengo antojo de pedacitos de ti
para esparcirlos en este tequila,
deshacerlos en él y bebérmelo todo,
sentir tu galope en mis venas
y alojarte en los golpeteos de mi corazón.

Pasado un tiempo,
sacarte por mi sudor,
chorrearte por mis ojos
y llorar de amor por ti.

sábado, 3 de abril de 2010

Instante final

Un diciembre helado, bajando por las faldas de Izta.
Ese rojo de incendio cubrio la cara norte del hielo de la Mujer Dormida.
Ese dia me sentí mas vivo que nunca al son del frío
y el viento inclemente.





Con clamor pidió la extremaunción,
Postreras y trémulas explosiones
De sangre, palabras a su boca llevaron.


Al corazón, acercó el oído el cura,
Revolviendo el aire con su diestra,
Con señales confusas al agonizante cubrió.

El intelecto vivo aun en la materia que empezó a transformarse,
Eligió faltas concurrentes de su vida,
Y cuando la macha que al curandero del alma hacía llamar,
Se ahogó con el filo del viento que al cortar
Selló su vida como muerte.

viernes, 26 de marzo de 2010

Necesidad inexorable

En Isla de Arena, una tarde a 40 °C,
esperando el último instante
de la tarde bajo un cobertizo.
El mar se lo tragó la tierra, se fue,
imposible de verlo.
Descubrió su lodosas entrañas.
Larvas fluorecentes aparecieron
en tal cantidadad, que su baba
iluminó mis extremidades.
Isla de Arena, en los Petenes, Campeche,
de calles polvorientas y amistad a calle abierta.





Alvaro Yo también tengo un río de enfermedad y muerte
en mi geografía y en mi soledad Alvaro Mutis
¿No es verdad que es necesario desbocar esas aguas
podridas para que se oree la vida y la poesía?
¿Qué es necesario verle los ojos a la muerte
para aprender a morir a solas?

Estas enraizado en mis sentimientos de siempre
que te hubiera querido aún sin admirarte
que te hubiera regalado un poco de mi intimidad
si te hubiera visto algún día por la calle.

Tú que vives en el "pozo cegado" del exilio sabes
que un hombre no entrega su amistad sino
por una necesidad inexorable
Aquí va entera para que la guardes como un pañuelo
que acaba de consolar unas lágrimas

Raúl Gómez Jattin
Amanecer en el Valle del Sinú

martes, 16 de marzo de 2010

Febrero 10. Sábado

Este cráter moribundo, cayéndose en bloques

de rocas negras, con dos lagunas de vistosos verdes o azules

es el Nevado de Toluca.

En diciembre blanco y en verano gris,

Un día entero me dedico a descifrar mis

propias sensaciones en sus cumbres y picos,

a paso sosegado voy manoseando su tierra,

oliendo vientos y sintiendo tonalidades de fríos

Antes todo era sencillez, rusticidad, paz. Y de pronto el valle se vio invadido por las máquinas; el medio día fue roto por el grito estridente de las sirenas; los caminos se perdieron bajo toneladas de polvo y anchas vías cruzaron el verdor de los sembrados; los árboles, cercados por el humo, envejecieron y terminaron por perder sus hojas y sus nidos; y el silencio, ese bendito silencio que era como un manto protector tendido sobre el campo, huyo para siempre hacia las montañas.

La rebelión de las ratas
Fernando Soto Aparicio

Lo que fue el salto

Ese hueco que ustedes ven ahí, negro de puro sucio en una franja vertical como rayada de hollín o untada de betún, es, era, el famoso Salto de Tequendama. Yo lo recuerdo en mi niñez, deslumbrante de altísima blancura, cayendo en el estruendo de sus propias aguas como si desprendiera a pedazos, despaciosamente, en grandes paquetes de espuma que centelleaban como paquetes de luz en el vaho más pálido de la neblina eterna e iban dejando segmentos de arco iris en su caída interminable. No se le veía el fondo. Caía entre los verdes húmedos de los helechales y los pardos y ocres relucientes de la roca desnuda. Por ahí había desaguado Bochica el antiguo lago de la Sabana, rompiendo las peñas de un golpe de su vara de oro. Ahí se había detenido estupefacto el barón Humboldt, del cual los bogotanos de la época, que no conocían el Salto, solo sabían que era barón (cosa que los dejaba estupefactos).

Antonio Caballero
http://www.revistaarcadia.com/ediciones/53/op3.html

viernes, 26 de febrero de 2010

Fabricando tierra

Alcé la vista y contemplé vacilante el fin de la escena,
Cayó descomunal el cuerpo para cerrar el teatro de su vida,
Los brazos, en esfuerzos imposibles, escaparon al aire el dolor.
Aparecieron, al taladrar la atmósfera en la ropa envolvente,
Figuras ingrávidas de la historia de su vida.


Distancia infinitesimal que se alargó eterna en el tiempo.
Un choque en silencio y sin réplica con la eternidad del concreto,
Agrietó mi fortaleza y afloró el dolor en mi vida al contemplar
El adiós que inició al perder la concentración de su mirada.


Hilos, rojos e incontenibles, explotaron sus sienes,
Un charco tibio e infranqueable empezó a custodiar su morada,
Desertó la energía de su cuerpo, de su conciencia, de su movimiento.
Empezó a germinar historia, alimentar vida, formar tierra.


En mí germinó su esencia,
Recuerdo de las caricias sobre la mujer que un día me dijo: amó.

Pobreza


Aceptar la pobreza como un hecho consumado constituye un modo de negar una realidad abrumadora y, en última instancia, de perpetuarla. Sin duda, la forma más despiadada de esta construcción colectiva se manifiesta en cada niño que se halla en situación de pobreza: nada desnuda de manera más flagrante la dimensión de la injusticia.

Pobreza y desarrollo infantil
Jorge Colombo

miércoles, 24 de febrero de 2010

En soledad

Luz de un día de invierno, en las puertas de Guadalajara.
En esa ocasión recorrí pueblos de Jalisco y Colima,
antes de llegar a la Feria del Libro.



En soledad volví a recorrer mi vida pasada,


Los acontecimientos de los días dolorosos y gloriosos,

Los días simples, que forman casi el todo de mi vida.

En la soledad disuelvo lo que soy y lo que pienso.

martes, 23 de febrero de 2010

Carta de William Ospina a Fernando Vallejo



Asistí por la prensa al previsible desfile de ingratos que se regocijaban con ello y que pretendían despedirte por la puerta de atrás, pero no sentí verdaderamente tristeza. Y no la sentí porque para mí tú no dejarás nunca de ser colombiano.

Si la nacionalidad fuera, como piensan los burócratas y los estados, unos papeles, unos sellos, unas certificaciones de funcionarios, tal vez sería fácil renunciar a ella, pero en tu caso, afortunadamente, no lo veo posible. La patria está en los huesos de los muertos que amamos, en la luz que cae sobre unos guaduales, en unas piedras, en unas cañadas, en un bolero que suena en una cantina a medianoche, en el modo como se destiló nuestra sangre, en el modo como nos subieron la fiebre unos cuerpos perdidos, en una puerta, en una esquina, en un perro y un pájaro que se volvieron tierra antes que nosotros, en ciertos recuerdos irrenunciables, en ciertos sufrimientos irremediables, en el modo como se imprimió en nosotros la lengua natal, que es, como dice mi amigo Mario Flórez, “no la lengua en que uno aprendió a hablar, sino la lengua en que uno aprendió a callar”.

Tu condición de colombiano está demasiado impregnada en tu carne y tu sangre, no es solamente la manera de hablar y de escribir, esa remembranza de ciertas canciones, de ciertos lugares, ese amor desesperado por un mundo que solo te ha sido concedido bajo la especie melancólica de la nostalgia, sino en tu manera de ser. Hasta la decisión de renunciar a la nacionalidad, de impugnar a la mala patria por sus crueldades, sus torpezas, sus extravíos, sus crímenes, sus estulticias y sus mezquindades, todas esas cosas, aunque muchos lo nieguen, son colombianas.

Borges contaba que una vez, recorriendo los parques de Bogotá, le preguntó a su guía, un profesor de la Universidad de los Andes, de quién era una estatua de mármol que había ante ellos, y el profesor le contestó: “No sé, pero ha de ser de algún prócer; porque en este país hay muchos próceres y muy pocos héroes”.

Borges quedó sorprendido de ese espíritu crítico e irreverente de los colombianos, y afirmó que era muy difícil que un argentino, por ejemplo, fuera capaz de burlarse así de las solemnidades de su patria. Colombia tiene muchos defectos pero tiene algunas virtudes y una de ellas es su capacidad no solo de criticarse sino de odiarse a sí misma, de desgarrarse entre un amor inmenso y un odio infinito por su destino. A ti te ha tocado ser en nuestro tiempo la encarnación de esa alma escindida: no puedes ser colombiano, moralmente no puedes serlo, pero al mismo tiempo no puedes dejar de serlo, porque no hay nada en ti que sea de otra parte.

Incluso, yo diría que hay muchos escritores colombianos que son mucho menos colombianos que tú. Tú no tienes que esforzarte para lograr que el acento de tu tierra, la manera de organizar las palabras, el vocabulario, los giros verbales, sea para nosotros perfectamente reconocible, en tanto que no siempre la manera de hablar de los mexicanos, o de los argentinos, o de los españoles, te llega al alma. A veces hasta te parece que muchos mexicanos son como extraterrestres, y solo con algunos de ellos logras tener un entendimiento total. En cambio no hay colombiano, por rudimentario que sea, por salvaje, ay, que sea, que no esté conectado contigo a través del tejido del lenguaje, con una minuciosidad abrumadora.

Y tal vez de allí viene el dolor, porque cuando uno se identifica tanto con un mundo, con un país, con una provincia, con unos seres humanos, no puede dejar de percibir todo lo que hay en ellos de inexplicable y de atroz. No es que en México no haya crímenes, es que a ti no te duelen tanto, no te sientes tan comprometido por ellos, no te sientes tan obligado a reaccionar contra ellos, a censurarlos, a maldecirlos; no es que en México la Iglesia no sea también un aparato hábil en contubernios con el poder y en ignorancia supersticiosa y culpable ante dramas terribles de la época como la bomba demográfica o en indiferencia ante el sufrimiento de los animales; no es que los españoles no hayan encarnado un odio criminal durante los años de la guerra civil, no es que los alemanes no hayan sido capaces de matar en cinco años a muchos más seres humanos de los que los colombianos somos capaces de matar en un siglo.

Se trata de algo más perturbador y más conmovedor, se trata de que a ti te duelen más íntimamente el millón de colombianos que han muerto en un siglo en nuestros espantosos conflictos políticos, y a manos de delincuentes y mafiosos, que los cuatrocientos mil chinos que los japoneses mataron en una semana en el desembarco de Nankín, o que el millón de españoles que los españoles mataron en tres años, o que los diez millones de seres humanos que los alemanes mataron en cinco años, o que los cincuenta millones que la tecnología de guerra de las grandes potencias mató de un modo casi industrial en los seis años de la Segunda Guerra Mundial.

No puedes dejar de ser colombiano, Fernando, porque en el mejor de los sentidos posibles tú bien podrías ser el más colombiano de todos: defendiendo esta tierra contra los ladrones de tierras, sean guerrilleros o paramilitares o terratenientes, defendiendo la lengua contra la ignorancia y contra la torpeza, defendiendo la vida contra los asesinos, defendiendo la vehemencia y la pasión contra la estulticia y la conformidad, y la inteligencia contra el fanatismo, y el conocimiento contra la ignorancia. Creo que solo tú entre cuarenta millones de colombianos se ha tomado en serio ese lema de Libertad y Orden que hay en el escudo colombiano. Asumiste desde el comienzo el culto extremo de la libertad, hasta el punto de hacer pensar a muchos que eres anarquista, y el culto extremo del orden, que te lleva a censurar todas las confusiones y las incoherencias y las brutalidades de nuestra política y de nuestra vida social, haciéndoles pensar a otros que eres un ultraconservador.

Yo pienso que eres un hombre lleno de pasión y de lucidez, de originalidad y de elocuencia, indignado por la pasividad con que Colombia se deja matar, por la docilidad con que Colombia se deja robar, y por la estupidez con que Colombia se deja arrastrar por el discurso de sus verdugos. Pienso que no te prohíbes sentir y responder, con indignación y con furia, ni darle unas cuantas bofetadas a la patria postrada para ver si reacciona. Colombia hasta ahora ha sido esa madre sorda que no se deja conmover por los gritos de indignación de su hijo, que sigue impávida como si nada pasara, pero en el fondo lo que dices llega a donde debe llegar, y es mucha la gente que en Colombia, y en el mundo, te está escuchando.

Me alegra que no puedas dejar de ser colombiano, porque tu voz es una de las pocas cosas dignas que quedan todavía en Colombia. Pones a prueba nuestra capacidad de convivir con los que piensan distinto; nos recuerdas con ejemplos que la democracia consiste en que cada quien tenga derecho a decir absolutamente lo que quiera mientras sus opiniones sean expresadas con claridad, con firmeza, con convicción, y estén abiertas a la polémica, a la contradicción, a la refutación. Como es habitual, alguna gente prefiere la comodidad de acallar al trabajo de refutar, y vemos el espectáculo grotesco de un montón de personas que sienten el deber de indignarse por las cosas que dices, incluso cuando saben que son verdades, porque temen que esas verdades nos harán despreciables a los ojos del mundo, o que corren a acallar las exageraciones que a veces prodigas porque no tienen la paciencia de enfrentarlas y contrariarlas. En nuestro país es fácil que los mismos que nunca censuran el crimen, que nunca denuncian la corrupción y que nunca rechazan la crueldad palidezcan de indignación ante alguien que no recurre a la violencia y que se limita a utilizar el lenguaje como único instrumento.

Yo no voy a defender a Colombia de tus acusaciones. Harto procuro yo también criticar no solo las atrocidades y los crímenes, sino la pasividad y la estulticia de la comunidad que las padece y que se resigna a ellas de un modo indignante e indigno.

Pero sé que no es necesario decirte que otra Colombia que no trafica ni mata, que no manipula ni acalla, también existe, aunque es responsable, por no ser capaz de ponerle remedio, con grandeza y con espíritu solidario, a tantos y tan repugnantes males que padecemos. Necesitamos que sigas siendo la mala conciencia de Colombia, y para eso es obligatorio que sigas siendo colombiano. No en los papeles ni en los sellos de los notarios, sino colombiano en la nostalgia, en la indignación, en la elocuencia con que nos recuerdas que estamos vivos y que la injuria, el reproche y la cólera también son instrumentos del espíritu.

Quiero añadir algo, quizá menos para ti que para los colombianos que leerán esta carta. Recuerdo este comentario de Borges sobre el escritor norteamericano H. L. Mencken. “Suelo preguntar y preguntarme: ¿Sería concebible en este país un H. L. Mencken, un aclamado especialista en el arte de calumniar y de vituperar a su país? Me parece que no. El patriotismo, el pseudopatriotismo argentino es una pobre cosa despavorida que está a merced de un epigrama casual, de un puntapié montevideano o de un puño izquierdo de Dempsey. Una sonrisa, un inocente olvido, nos duelen. La popularidad de Mencken es obra de su denigración pertinaz de los Estados Unidos; un Mencken argentino –con éxito– es inimaginable”. Yo no digo que seas un Mencken colombiano. Digo que los Estados Unidos tuvieron en Mencken su Vallejo, parejamente agonista, gramático y teólogo, aunque no como tú teólogo sin dios y heresiarca. Es muy bueno que tanta gente te escuche y te respete en Colombia. Podría ser, a pesar de todas nuestras miserias, un símbolo de madurez, de mejoría psíquica. De modo que gracias otra vez por tu cólera saludable, y nunca olvides que mi casa te espera.

Necesitamos que sigas siendo la mala conciencia de Colombia, y para eso es obligatorio que sigas siendo colombiano.

William Ospina

domingo, 14 de febrero de 2010

Antes y después del descubrimiento



Como en una especie de esquizofrenia social, abrimos un gran abismo entre la población indígena actual y la prehispánica. Aplaudimos la figura abstracta del pasado y nos avergonzamos del presente. Exaltamos la memoria prehispánica como mestizaje, pero nuestro racismo se pone al descubierto frente al indio real. Celebramos el mundo prehispánico, pero discriminamos a los indios de carne y sangre.
Los pueblos indios de México
Carlos Montemayor

sábado, 13 de febrero de 2010

Endecha en Primavera



A la memoria del ilustre bachiller nicolaita

don Cuauhtémoc Méndez Estrada,

ese viejo cabrón, indecente y borracho.

A la memoria, también, de nuestra señora madre, doña Lolita.


¡Qué triste se pone Morelia en primavera!,

por a’i de finales de abril a principios de mayo,

cuando las jacarandas tumban sus tapetes morados en parques y banquetas

y una campana fúnebre rompe el silencio

con un galope de penas broncas desbocadas

en los llanos del alma…


¡Cómo gritan las cabronas canteras! ¡Cuánto ruido hacen!

Con que arreboles indecentes roban

a las mejillas rosas de las muchachas

la atención de transeúnte, ese trashumante del mundo,

ese nadie metido en el oficio de fabricarse una corona de ceniza,

tiznado de pañal a mortaja.


Por a’i, de madrugada, pasa un güey diciendo:

“¡Ay, mamacita! ¡Ay, mamacita! ¡Ay, mamacita!”

Y luego viene y se vomita aquí, allí en el cuarto, allá en el patio.


¡Qué pesadumbre!

¡Como vienen los dolores en banda!

¡Helos allí, blandiendo sus tranchetes!

¡Sábelos implacables!


No son tantos, verdad…

¡Pero qué crueles, qué dientes tan feroces,

qué fiera traza!

¡Carajo! ¡Y cómo hieren! ¡Cuánto chingados pesan!

¡Con qué razón les dicen los pesares!

Y luego, a golpes,

a mordidas, aunque así no te lleves,

aunque la cortes,

porque casado estás

y te vales de a cuartos con la muerte.


Cuánta desolación…

¿Dónde queda Morelia, la dichosa?

¡Con qué indecoro se comporta la vida ante este duelo!

¡Qué desvergüenza!

¡Sacar allí a su colibrí, pintar las flores!

¿No mira el luto?

¿No sabe de almas abiertas en canal a tajos de hacha,

a cortes de desdicha?


¡Triste… pero qué triste

se pone Morelia en primavera!

¡Cómo tuércele el cuello a la alegría!

¡Cómo tórtola despedaza sus cantos

y a aullar se pone, loba loca!


Y pese a quien le pese:

¡Sí, sí la quiero!

Pese a ese descaro de cabrona,

con ese escándalo de sus muchachas de cantera,

con esas risas locas

y el crepitar del viento de la pena…


El Sol, a plomo; diáfano el cielo;

luminosas, radiantes, las esquinas;

los templos y sus esbeltas torres, los conventos,

el Acueducto y hasta el Bosque Cuauhtémoc, resplandecientes.

Y toda esa gente allí, en la ínfima tarea

de lograr el mendrugo magro del día…

Y yo con estas ganas de gritarles a todos:

¡Griten! ¡Griten!

¿Por qué no gritan?


Y entre el ruido del tráfico

responde adentro, con un silencio torpe, atroz,

el único tañido de la campana fúnebre

en el momento que féretro y cortejo

traspasan el umbral del cementerio.

¡Eh! ¡Allí! ¡Volteen! ¡Miren allí!: ¡Allí está un ángel!

Lee… ¡No!: deletrea apenas

–analfabeta en la materia–

la solemne inscripción:

“¡Postraos: aquí la eternidad empieza

y es polvo aquí la mundanal grandeza!”

¡Eh, eh! ¡Deténganse! ¡Párense! ¡Engarrótenseme a’i!

¡Falta otra campanada! ¡Falta un repique! ¡Un repique de plano,

estruendo de badajos que calle este silencio!


¿Con quién voy a gladiar?

¡A ver! ¿Quién se propone

para estirar la lengua y retorcerla?


¡Con pesadumbre, así, con honda pena,

particípole al mundo

cómo se pone triste, Morelia, en primavera!


Ordena, triste poeta, reyezuelo sin súbditos,

que se calle el zenzontle,

que le baje de tono ese clavel a sus rubores,

que ese que pasa en las mañanas

diciendo “¡Ay, mamacita..!”

pase otra vez, y aquí en mi corazón vomite su alma.


Ramón Méndez Estrada